lunes, 31 de marzo de 2008

¿QUÉ ES LA "BONDAD DE CORAZÓN"?






Hace algunos años, iba en un micro a la provincia de Mendoza para escribir un artículo sobre un cementerio indígena que hay en el Valle de los Incas para una revista de ecología. Estábamos en el mes de julio y llovía muchísimo. La señora que viajaba al lado mío era muy simpática y empezamos a conversar sobre muchas cosas, y cuando se enteró lo que yo iba a hacer, me invitó a quedarme en su casa ya que íbamos a llegar de noche y yo no conocía el lugar.
Su casa estaba ubicada en un pequeño pueblo entre las montañas y se encontraba muy alejada del resto de la población.
Cuando faltaban unos metros para llegar la tormenta se desató con todo, y ella me dijo que no me preocupara porque los truenos parecían sonar más fuertes entre las montañas.
Yo le expliqué que a mí me gustaban las tormentas y que no les tenía miedo.
Cuando entramos nos recibió un hermoso gato ya que Graciela -que así se llamaba- vivía sola.
A los pocos minutos se cortó la luz y mientras ella prendía la chimenea y buscaba unas velas, llamaron a la puerta.
Graciela abrió y entró un muchacho. Ella le quitó la capa y a la luz de las llamas se vio que era un chico como de 12 años… dolorosamente agitado.
Cuando recobró el aliento dijo: -Mi papá intentó comunicarse con usted, pero su teléfono no andaba. Entonces vine yo para ver si necesitaba algo.
-Muchas gracias, Juan-dijo Graciela, y en seguida nos presentó. El viento soplaba con tanta furia que sacudía las ventanas. Yo les dije que me resultaba fascinante escuchar ese sonido y ver los árboles doblarse con la fuerza del viento.
-¿No les asusta a ustedes la tormenta?-preguntó Juan.
Cuando iniciaba yo mi contestación negativa, Graciela se anticipó a decir unas palabras que indudablemente habrían de encantar al muchacho, dijo que: por supuesto, ella estaba un poco asustada, como también lo estaba yo; pero que la llegada de él nos había tranquilizado, pues ahora había un hombre en la casa.
Siguió un silencio momentáneo. Luego el chico se sonrojó.
-Bueno, voy a ver si todo anda bien por ahí dentro.-dijo y salió rengueando de la habitación un poco orgulloso.
Me conmovió el incidente y durante varios días me tuvo casi obsesionada. ¿Por qué no había yo contestado aquella pregunta como lo había hecho Graciela, tan inspiradamente? ¿Cuántas veces en mi vida, yo, impasible, absorta en mis pensamientos, había descuidado el deber de atender una necesidad del prójimo?
Tal vez mi corazón estuvo adormecido durante años; pero ahora, se sentía anhelante de oportunidades para recompensar el tiempo perdido, y ansiosamente curioso de hallarlas. ¿Por qué arte mágico había Graciela transformado a un muchacho tullido en un hombre seguro de sí? ¿Obedeciendo a una instintiva bondad, o por un acto deliberado? ¿Fue compasión, ponderación, o una síntesis de todo ello? Recordé entonces una expresión de alguien que, refiriéndose a semejante generosidad de espíritu, la había llamado “bondad de corazón”.
Mirando atrás en mi vida, yo me daba cuenta de la frecuencia con que la “bondad de corazón” de muchas personas me habían ayudado. Cuántas veces a mí también me había alentado una frase bondadosa, un acto de generosidad. Mi madre hizo por mí todo eso. ¿Podré contar de todas las ocasiones en que, siendo yo inexperta y frágil, me concedió el precioso sentido de la propia estimación mediante un considerado gesto de confianza?
Allá en mis siete años, ella organizó una reunión con sus amigas, y yo quería ayudarla a arreglar la casa. Entonces junté un ramo de las flores silvestres de las que siempre le traía cuando venía de la escuela. La mayoría de las madres, en un caso parecido, habrían dado las gracias a su hija, y las habrían colocado en cualquier jarrito en la cocina. Mi mamá, por el contrario, las arregló en su mejor florero y las colocó en el centro de la mesa, entre hermosos candelabros de plata; y no dijo después como disculpándose a sus invitadas: “son cosas de chicos”. Actualmente, cuando veo flores en una fiesta o reunión, recuerdo el orgullo que sentí que mis humildes florcitas ocuparan, sobre todas las rosas, el sitio de honor.
La bondad de corazón se muestra ante todo en la clara comprensión de los sentimientos del prójimo. El corazón bondadoso no está nunca atareado para dejar de revelarse. En una oportunidad, iba yo con una amiga de compras por un mercado callejero, cuando ella fijó la atención en un chico de unos ocho años que estaba ayudando a su papá en la venta de verduras. El le había vendido con mucha desenvoltura unas manzanas a una mujer y esperó que le pagase; pero ella lo dejó de lado y le dio el dinero a su padre. El chico dejó de sonreír y se le hundieron los hombros.
Mi amiga comprendió que había que hacer algo para restaurar el amor propio del muchachito. Lo llamó y eligió varios tomates que él metió en una bolsa, ella pudo haberle pagado con el dinero justo; pero le dio un billete grande. Durante unos momentos, el chico arrugó la frente, calculando; y en seguida, radiante de satisfacción le dio a mi amiga el vuelto exacto.
-Muchas gracias-dijo ella-yo no lo habría hecho tan bien.
-No es nada, señora- dijo él mirando a su padre.
Pero, en realidad, para ese niño sí fue algo; y de pronto, los cuatro nos sentimos eufóricos en el ambiente que la inspiradora acción de mi acompañante había creado.
-El corazón bondadoso protege y ensancha la dignidad de la otra persona, exalta su yo-dice un amigo filósofo-. Cuando el padre vuelve del trabajo y su hijito corre a recibirlo, preguntándole excitado, “papá, ¿No te enteraste de lo que pasó esta tarde en el barrio de la tía?”, él en su bondad de corazón, aunque ya sepa lo que ocurrió, debe encontrar ágilmente la manera de mostrarse desconocedor de la noticia y darle al niño el placer de contársela. Pero si le dice: “Sí nene, ya me enteré hace rato”, ese padre no está ocupado más que en halagar su propio yo.
Cada uno de nosotros posee el potencial de producir en los demás infinidad de sentimientos, buenos o malos. Pero si supiéramos cuánto bien podemos hacer con un simple gesto amable, jamás perderíamos la ocasión de manifestar nuestra “bondad de corazón”.

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