
Existe una vocación que es común a todos los seres humanos, sin importar su raza, sexo, cultura o religión. Es decir, te compete a ti. Decimos que es fundamental, porque ella constituye la base y cimiento de la existencia humana. Si no la ejercemos, atentamos contra nuestra calidad de seres humanos; negamos nuestra humanidad. Las consecuencias de tal negligencia afectan a toda la raza humana e incluso al mundo en que vivimos.
Como ves, no es solo un problema “vocacional” y por ende laboral. Es un problema cuyas repercusiones tienen dimensiones cósmicas y aún eternas. No estoy exagerando.
¿En qué consiste dicha vocación? En “HACER LA PAZ”.
1) DIOS COMO CREADOR DE LA PAZ (SHALOM):
Las palabras con las que empieza la Biblia: “En el principio…”, significan más que la introducción a la gran obra creadora de Dios. Nos indican también el modelo de Dios para la existencia toda.
Volver “al principio” para considerar con cierta nostalgia lo que perdimos y lo que Dios quería que su creación fuera, nos ayuda a recuperar la perspectiva correcta de la vida y el mundo.
Uno de los primeros Atributos que Dios revela de sí mismo en el primer capítulo de Génesis es el orden. Dios se da a conocer por medio de sus obras de creación, como el Dios de una tierra que estaba “desordenada y vacía” (v.2), entonces fue produciendo orden y armonía en los cielos y la tierra. Durante este período fue asignando a cada una de sus creaciones su lugar preciso y su función específica, de tal manera que todas ellas reflejaran la sabiduría y armonía del Creador. Esto es, lo que en la Biblia se conoce como la paz o la shalom. “Todo era bueno en gran manera” (v 31)
La shalom creada por Dios se manifestaba en las relaciones armónicas que todas sus criaturas guardaban entre sí. Así podemos ver en Génesis 1 y 2 que, por ejemplo, el ser humano vivía en relación armoniosa con Dios, consigo mismo, con su prójimo (fundamento de la vida comunitaria) y con la creación (naturaleza). La paz creada por Dios tiene todas esas dimensiones. Y en el propósito de Dios, todas ellas debían mantenerse en equilibrio. Son interdependientes las unas de las otras. No se puede afectar una de ellas sin que el resto se vea seriamente dañado. Tal es la naturaleza, de la íntima relación que guardan entre sí. Es un equilibrio ecológico-teológico admirable, vital y sin embargo extremadamente frágil.
Así pues, la paz creada por Dios revela su naturaleza y también su voluntad y propósito para toda su creación.
2) EL SER HUMANO COMO GUARDA DE LA PAZ:
Dios creó al ser humano (hombre y mujer) “a su imagen, conforme a su semejanza” (1:26-27)
Por ello, no nos debe extrañar que, Aquel que creó la shalom, diera al ser humano, hecho a su imagen, como tarea primaria y fundamental, el de ser guarda y mayordomo de la armonía y orden de la creación, de la shalom. (1:28, 2:15)
Adán y Eva fueron llamados a ser guardas de la shalom de Dios; de la armonía con Dios, entre ellos mismos y con la creación. De esta manera manifestarían su naturaleza y carácter; ambos expresarían la imagen de Dios, su genuina humanidad, en la medida en que fueran obedientes al imperativo divino. Este es el primer mandato que en la Biblia se dirige al ser humano, y el que señala la “vocación fundamental” de toda persona.
De este modo el hombre y la mujer glorificarían a Dios y encontrarían su plenitud y total realización. La creación, por su parte, una vez desatadas su potencialidad y riquezas (como resultado del trabajo del trabajo del ser humano) contaría las maravillas de Dios. La comunidad y la cultura humana, en sus muchas y variadas expresiones, manifestarían la grandeza del hombre (varón y hembra) y la multiforme sabiduría y bondad del Creador. Dios esperaba decir de la obra de las manos humanas, lo que dijo con respecto a su propia labor: “Es buena en gran manera”.
3) EL SER HUMANO COMO DEPREDADOR DE LA PAZ:
La desobediencia a Dios (Gn. 3), el pecado, tomó consecuencias funestas para la paz creada por Dios. Todas las relaciones armónicas fueron gravemente alteradas. Adán y Eva huyeron de la presencia de Dios (v. 8), se perdieron de sí mismos (“¿dónde estás tú?” v.9) y la tierra fue maldecida por causa del hombre (vv.17-19). Los capítulos 4-12 del Génesis son una de las descripciones más patéticas de la creciente degeneración humana.
Las páginas que a cada día escribimos en los diarios públicos (y en nuestros diarios privados) son también testimonios fehacientes de nuestra permanente incapacidad para guardar la shalom de Dios. Somos depredadores (depredar: robar, saquear con violencia y destrozo) de nuestro ambiente, de la dignidad y comunidad humana y de la gloria de Dios. El deterioro creciente e irreversible del ambiente, los divorcios, las guerras, los niños que viven en las calles, las comunidades marginadas y explotadas y la obstinada rebeldía contra el evangelio de Dios, son el mejor (¿o peor?) ejemplo de lo que somos capaces. Y todo ello, es el pan de cada día de nuestra existencia y vía crucis.
Por ejemplo: la contaminación ambiental en la ciudad de Méjico, con sus 23 millones de habitantes, tres millones de automóviles que circulan diariamente por sus calles y treinta mil industrias, hacen de ella, la única ciudad en el mundo donde se puede ver el aire que se respira. Los efectos de esto en la salud de sus habitantes es alarmante.
4) JESUS COMO HACEDOR DE LA PAZ:
Jesús como verdadero hombre es también el “príncipe de paz” (Is.9:6). Su obra redentora en la cruz tuvo como propósito restaurar la paz originalmente creada por Dios y depredada por el ser humano.
Jesús hace posible que tengamos paz para con Dios, reconciliándonos con El. (Ro.5:1). Las buenas nuevas del evangelio de paz tienen como eje esta verdad fundamental.
La reconciliación con Dios es el punto de partida indispensable para la restauración total de la shalom de Dios.
La muerte de Jesús también restaura la paz en un sentido horizontal, reconciliándonos con nuestros semejantes. Es en este sentido, que Pablo nos dice que “El es nuestra paz” (Ef. 2:14). Si consideramos atentamente el contexto de esta afirmación, veremos que el apóstol está hablando de cómo la humanidad dividida y fragmentada a causa del pecado humano ha empezado a ser reunida en Jesucristo.
La iglesia representa las primicias de la nueva humanidad que Dios está creando en Cristo. La shalom entre los hombres es posible gracias a la obra redentora de Jesús. El nos reconcilia con nuestro prójimo, aún aquel que consideramos nuestro enemigo. Si nuestras iglesias no se convierten en una demostración práctica de la shalom de Cristo, entonces estamos fallando en asumir nuestra vocación fundamental. Nuestras iglesias deben ser lugares donde se encuentran, se aman, y se aceptan como personas portadoras de la imagen de Dios y redimidas por Cristo, todos los creyentes, sin distinción de clase social, color, raza, profesión u ocupación.
La muerte de Jesús en la cruz tiene, además, una dimensión cósmica, ya que también tiene como meta restaurar la shalom en toda su creación, en el universo (Col. 1:20; Ef. 1:10).
Esto ya lo habían descrito algunos de los profetas (Is. 2:2-3; 11:1-2; 32:16-18; 25:6: 58:6-7; 65:17-25; Mi. 4:1-4; 6:8).
Anhelamos ver el día en que no veamos más contaminación en los ríos, los mares y el aire que respiramos. Que no se sigan extinguiendo especies, que se terminen las fugas en plantas nucleares, y la tala de bosques en aras de la creación de centros comerciales y habitacionales. Todo esto es parte del propósito redentor de Jesús y parte fundamental de nuestra vocación en este mundo. Como dice la Escritura:
“Por cuanto agradó al Padre que en El (Jesús) habitase toda plenitud, y por medio de El reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra, como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz” (Col. 1:19-20)
5) EL CRISTIANO COMO HACEDOR DE LA PAZ:
Esa paz que hemos descrito, no sólo es fruto de la obra redentora de Jesús, sino que también es tarea cotidiana de quienes se llaman cristianos y seguidores del Príncipe de Paz, Jesús.
Por ello es que cuando Jesús describe a los ciudadanos del Reino de los cielos, en las bienaventuranzas dice: “Bienaventurados los pacificadores (los que hacen la paz), porque ellos serán llamados hijos de Dios” (Mat. 5:9).
Según estas palabras de Jesús, la paz-shalom es fruto del trabajo permanente de sus discípulos. Ellos son los que están empeñados en hacer la paz en todas las dimensiones que hemos considerado: Relaciones armónicas con Dios (evangelización), con el prójimo (responsabilidad social), consigo mismo (la santificación), con la creación (protección y cuidado de ella).
No podemos pretender que hacemos la paz en un área si descuidamos las otras. La paz es una, es integral. Y toda ella es nuestra responsabilidad.
Esta es la vocación fundamental de todo ser humano. Según la enseñanza y ejemplo de Jesús para los cristianos, este es un deber ineludible y parte integral de nuestra misión en el mundo. En la medida en que respondemos a este llamamiento divino encontramos la verdadera bienaventuranza, la genuina felicidad.
Como ves, no es solo un problema “vocacional” y por ende laboral. Es un problema cuyas repercusiones tienen dimensiones cósmicas y aún eternas. No estoy exagerando.
¿En qué consiste dicha vocación? En “HACER LA PAZ”.
1) DIOS COMO CREADOR DE LA PAZ (SHALOM):
Las palabras con las que empieza la Biblia: “En el principio…”, significan más que la introducción a la gran obra creadora de Dios. Nos indican también el modelo de Dios para la existencia toda.
Volver “al principio” para considerar con cierta nostalgia lo que perdimos y lo que Dios quería que su creación fuera, nos ayuda a recuperar la perspectiva correcta de la vida y el mundo.
Uno de los primeros Atributos que Dios revela de sí mismo en el primer capítulo de Génesis es el orden. Dios se da a conocer por medio de sus obras de creación, como el Dios de una tierra que estaba “desordenada y vacía” (v.2), entonces fue produciendo orden y armonía en los cielos y la tierra. Durante este período fue asignando a cada una de sus creaciones su lugar preciso y su función específica, de tal manera que todas ellas reflejaran la sabiduría y armonía del Creador. Esto es, lo que en la Biblia se conoce como la paz o la shalom. “Todo era bueno en gran manera” (v 31)
La shalom creada por Dios se manifestaba en las relaciones armónicas que todas sus criaturas guardaban entre sí. Así podemos ver en Génesis 1 y 2 que, por ejemplo, el ser humano vivía en relación armoniosa con Dios, consigo mismo, con su prójimo (fundamento de la vida comunitaria) y con la creación (naturaleza). La paz creada por Dios tiene todas esas dimensiones. Y en el propósito de Dios, todas ellas debían mantenerse en equilibrio. Son interdependientes las unas de las otras. No se puede afectar una de ellas sin que el resto se vea seriamente dañado. Tal es la naturaleza, de la íntima relación que guardan entre sí. Es un equilibrio ecológico-teológico admirable, vital y sin embargo extremadamente frágil.
Así pues, la paz creada por Dios revela su naturaleza y también su voluntad y propósito para toda su creación.
2) EL SER HUMANO COMO GUARDA DE LA PAZ:
Dios creó al ser humano (hombre y mujer) “a su imagen, conforme a su semejanza” (1:26-27)
Por ello, no nos debe extrañar que, Aquel que creó la shalom, diera al ser humano, hecho a su imagen, como tarea primaria y fundamental, el de ser guarda y mayordomo de la armonía y orden de la creación, de la shalom. (1:28, 2:15)
Adán y Eva fueron llamados a ser guardas de la shalom de Dios; de la armonía con Dios, entre ellos mismos y con la creación. De esta manera manifestarían su naturaleza y carácter; ambos expresarían la imagen de Dios, su genuina humanidad, en la medida en que fueran obedientes al imperativo divino. Este es el primer mandato que en la Biblia se dirige al ser humano, y el que señala la “vocación fundamental” de toda persona.
De este modo el hombre y la mujer glorificarían a Dios y encontrarían su plenitud y total realización. La creación, por su parte, una vez desatadas su potencialidad y riquezas (como resultado del trabajo del trabajo del ser humano) contaría las maravillas de Dios. La comunidad y la cultura humana, en sus muchas y variadas expresiones, manifestarían la grandeza del hombre (varón y hembra) y la multiforme sabiduría y bondad del Creador. Dios esperaba decir de la obra de las manos humanas, lo que dijo con respecto a su propia labor: “Es buena en gran manera”.
3) EL SER HUMANO COMO DEPREDADOR DE LA PAZ:
La desobediencia a Dios (Gn. 3), el pecado, tomó consecuencias funestas para la paz creada por Dios. Todas las relaciones armónicas fueron gravemente alteradas. Adán y Eva huyeron de la presencia de Dios (v. 8), se perdieron de sí mismos (“¿dónde estás tú?” v.9) y la tierra fue maldecida por causa del hombre (vv.17-19). Los capítulos 4-12 del Génesis son una de las descripciones más patéticas de la creciente degeneración humana.
Las páginas que a cada día escribimos en los diarios públicos (y en nuestros diarios privados) son también testimonios fehacientes de nuestra permanente incapacidad para guardar la shalom de Dios. Somos depredadores (depredar: robar, saquear con violencia y destrozo) de nuestro ambiente, de la dignidad y comunidad humana y de la gloria de Dios. El deterioro creciente e irreversible del ambiente, los divorcios, las guerras, los niños que viven en las calles, las comunidades marginadas y explotadas y la obstinada rebeldía contra el evangelio de Dios, son el mejor (¿o peor?) ejemplo de lo que somos capaces. Y todo ello, es el pan de cada día de nuestra existencia y vía crucis.
Por ejemplo: la contaminación ambiental en la ciudad de Méjico, con sus 23 millones de habitantes, tres millones de automóviles que circulan diariamente por sus calles y treinta mil industrias, hacen de ella, la única ciudad en el mundo donde se puede ver el aire que se respira. Los efectos de esto en la salud de sus habitantes es alarmante.
4) JESUS COMO HACEDOR DE LA PAZ:
Jesús como verdadero hombre es también el “príncipe de paz” (Is.9:6). Su obra redentora en la cruz tuvo como propósito restaurar la paz originalmente creada por Dios y depredada por el ser humano.
Jesús hace posible que tengamos paz para con Dios, reconciliándonos con El. (Ro.5:1). Las buenas nuevas del evangelio de paz tienen como eje esta verdad fundamental.
La reconciliación con Dios es el punto de partida indispensable para la restauración total de la shalom de Dios.
La muerte de Jesús también restaura la paz en un sentido horizontal, reconciliándonos con nuestros semejantes. Es en este sentido, que Pablo nos dice que “El es nuestra paz” (Ef. 2:14). Si consideramos atentamente el contexto de esta afirmación, veremos que el apóstol está hablando de cómo la humanidad dividida y fragmentada a causa del pecado humano ha empezado a ser reunida en Jesucristo.
La iglesia representa las primicias de la nueva humanidad que Dios está creando en Cristo. La shalom entre los hombres es posible gracias a la obra redentora de Jesús. El nos reconcilia con nuestro prójimo, aún aquel que consideramos nuestro enemigo. Si nuestras iglesias no se convierten en una demostración práctica de la shalom de Cristo, entonces estamos fallando en asumir nuestra vocación fundamental. Nuestras iglesias deben ser lugares donde se encuentran, se aman, y se aceptan como personas portadoras de la imagen de Dios y redimidas por Cristo, todos los creyentes, sin distinción de clase social, color, raza, profesión u ocupación.
La muerte de Jesús en la cruz tiene, además, una dimensión cósmica, ya que también tiene como meta restaurar la shalom en toda su creación, en el universo (Col. 1:20; Ef. 1:10).
Esto ya lo habían descrito algunos de los profetas (Is. 2:2-3; 11:1-2; 32:16-18; 25:6: 58:6-7; 65:17-25; Mi. 4:1-4; 6:8).
Anhelamos ver el día en que no veamos más contaminación en los ríos, los mares y el aire que respiramos. Que no se sigan extinguiendo especies, que se terminen las fugas en plantas nucleares, y la tala de bosques en aras de la creación de centros comerciales y habitacionales. Todo esto es parte del propósito redentor de Jesús y parte fundamental de nuestra vocación en este mundo. Como dice la Escritura:
“Por cuanto agradó al Padre que en El (Jesús) habitase toda plenitud, y por medio de El reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra, como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz” (Col. 1:19-20)
5) EL CRISTIANO COMO HACEDOR DE LA PAZ:
Esa paz que hemos descrito, no sólo es fruto de la obra redentora de Jesús, sino que también es tarea cotidiana de quienes se llaman cristianos y seguidores del Príncipe de Paz, Jesús.
Por ello es que cuando Jesús describe a los ciudadanos del Reino de los cielos, en las bienaventuranzas dice: “Bienaventurados los pacificadores (los que hacen la paz), porque ellos serán llamados hijos de Dios” (Mat. 5:9).
Según estas palabras de Jesús, la paz-shalom es fruto del trabajo permanente de sus discípulos. Ellos son los que están empeñados en hacer la paz en todas las dimensiones que hemos considerado: Relaciones armónicas con Dios (evangelización), con el prójimo (responsabilidad social), consigo mismo (la santificación), con la creación (protección y cuidado de ella).
No podemos pretender que hacemos la paz en un área si descuidamos las otras. La paz es una, es integral. Y toda ella es nuestra responsabilidad.
Esta es la vocación fundamental de todo ser humano. Según la enseñanza y ejemplo de Jesús para los cristianos, este es un deber ineludible y parte integral de nuestra misión en el mundo. En la medida en que respondemos a este llamamiento divino encontramos la verdadera bienaventuranza, la genuina felicidad.

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